Escribe:
Ana Lavilla (*)
El talentoso arquitecto español Enric
Miralles decía que “cualquier construcción que ha sido capaz de sobrevivir al
paso del tiempo solo puede ser una continua transformación”. A pesar de haber
construido algunos de los edificios que han marcado una época de la
arquitectura, tenía claro que la permanencia era contraria a la existencia, y
el tiempo parece estar dándole la razón.
La tradición en la construcción
popular en el Perú se revela contra la inmovilidad arquitectónica; los llamados “fierros de la esperanza” que rematan las cubiertas
de la mayoría de las edificaciones en nuestras ciudades son el símbolo
fehaciente del espíritu renovador de los pobladores, de la creencia en un
progreso en cierne que les permitirá ampliar y mejorar sus propiedades. Los
peruanos construyen sus viviendas cubriendo primero sus necesidades básicas,
que es lo que su renta efectiva les permite, pero especulando sobre un futuro
prometedor en el que puedan iniciar un negocio o facilitar a sus hijos un
espacio donde vivir con sus propias familias.
Sin embargo, esta cultura
cortoplacista no es exclusiva de nuestro país. En Estados Unidos o Europa, el
cortoplacismo se manifiesta a través de la prefabricación de la arquitectura y
de la industrialización de la construcción, que están afectando a los plazos de
ejecución de los edificios. Los “fierros de la esperanza” son sustituidos por
los nuevos materiales de construcción como los policarbonatos, que tienen una
vida media inferior a 20 años, por lo que la edificación se planea en base a la
obsolescencia de estos productos. La programación de la necesaria reforma que
el edificio requerirá en unos años permite prever los problemas que van a
aparecer en la construcción y reduce el impacto ecológico de las obras, al
utilizar materiales más ligeros y trabajados en el taller.
Los arquitectos deberíamos
asumir esta tendencia global y aprovecharla en los proyectos que elaboramos.
Las claves de la nueva construcción son la sustitución, el mantenimiento y la
capacidad de diseñar con vistas al crecimiento y la renovación de los espacios.
El buen arquitecto debe creer que el cambio es parte de la vida y no debe
centrarse solo en el pasado o el presente, ya que desaprovechará el futuro.
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(*) Programa de
Arquitectura-UDEP
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