jueves, 25 de mayo de 2017

En busca del “sueño peruano”



Miles de venezolanos vienen llegando a nuestro país huyendo del hambre, la miseria y la inseguridad.

Cansada de la situación económica y social de Venezuela, Gleimar Gonzales, de 21 años, decidió agarrar las pocas que tenía y partir hacia el Perú.

Con tan solo 400 dólares como bolsa de viaje, ella y su novio marcharon a la aventura. Nunca habían dejado su país.

Gracias a un peruano que conocieron por las redes sociales, en Lima pudieron conseguir, primero, una vivienda; y después, un trabajo. Sin embargo, adaptarse aún no les está siendo fácil.

“Algunas cosas son diferentes aquí, por ejemplo, la comida. Los primeros días que llegué me caía mal. Una vez tuve fiebre. Recién ahora me estoy acostumbrado”, nos cuenta esta venezolana mientras gestiona su Permiso Temporal de Permanencia (PTP), en la Superintendencia Nacional de Migraciones.

Gleimar actualmente trabaja de lunes a domingo en una peluquería; y los sábados y domingos, por la noche, en un restaurante como azafata, donde también labora su novio como barman.

Abandonar Venezuela fue difícil para Gleimar. No solo era dejar a sus padres y a una hermana de tres años, sino también abandonar sus estudios. Estaba cursando el cuarto semestre de Administración en una importante universidad de Caracas. “Fue muy triste, pero no tenía otra salida. Cada vez más escaseaba la comida y la medicina. Y para colmo, la delincuencia se incrementó”.

Todos los meses, Gleimar manda 100 dólares a sus padres, con quienes se comunica vía WhatsApp o Skype. “Ellos me aconsejan que me cuide y que continúe por acá, ya que la situación en Venezuela tiene para rato. Esta realidad me apena, porque extrañó mucho a mi familia, sobre todo en los días festivos como Navidad, Día de la Madre, etc. Por eso trabajo todo el tiempo para no sumirme en la triste”, nos cuenta afligida.

Ola migratoria
Gleimar y su novio son solo algunos de los miles de venezolanos que están huyendo debido a la grave crisis económica y social que afecta a su país. Se trata de una ola migratoria nunca antes vista en el Perú. Según Migraciones, actualmente hay siete mil venezolanos con PTP, y unos tres mil con pasaporte de turista.

El crecimiento ha sido exponencial y se siente en la calle. Es casi imposible no toparse con uno de ellos vendiendo arepas, tizana o limonada, o escuchando ese cadencioso acento venezolano en algún lugar.

En Facebook hay varias comunidades en las que se ponen en contacto y se informan sobre oportunidades de trabajo en Lima u otras ciudades del Perú.

La mayoría llega por vía terrestre a través de Colombia y Ecuador en un viaje que, en condiciones óptimas, puede durar entre cuatro y cinco días.

Stefany y Víctor
Ella tiene 22 años y él 26. Llevan 2 años de casados. En Venezuela ambos trabajaban y estudiaban.

Para comer, ellos tenían que madrugar. Debían hacer colas desde las seis de la mañana o antes, pero no siempre encontraban lo que querían. Entonces se veían obligados a comprar a los ‘bachaqueros’ (revendedores) al doble del precio real.

Stefany revela que nunca había vivido una situación así. En su niñez las colas no existían y menos la gente se peleaba por comida, como hoy acontece casi todos los días.

“Mi infancia fue tranquila y feliz. Teníamos de todo. En mi casa, mi papá y mi tío trabajaban. Los dos mantenían a la familia. Daba para pagar los estudios de mi hermana y el mío. También para comprar las medicinas de mi abuelo y la comida que requeríamos para nuestra alimentación”, describe.

Stefany y Víctor llegaron al Perú gracias al apoyo de un compatriota, hijo de peruanos. “Teníamos una propuesta de empleo en la Comunidad Cristiana del Espíritu Santo. Así que decidimos viajar”.
Instalados en Lima, fueron a vivir en San Juan de Lurigancho y luego en Breña. Durante un mes vivieron de los 300 dólares que trajeron como bolsa de viaje.

“Yo trabajo en la parte administrativa y como asistente jurídico. Mi esposo como camarógrafo y editor en los programas de televisión de la iglesia”, cuenta.


Hoy ambos tienen estabilidad laboral, y vienen comprando las cosas que no pudieron adquirirlas en su país. (Texto: Claudia Macedo)