miércoles, 24 de noviembre de 2010

Compañeros peligrosos

La violencia entre los alumnos de clase no es un problema nuevo sino viejo. Precisamente su antigüedad hizo que fuera visto como algo normal. Sin embargo los últimos episodios de niños y adolescentes golpeados y hasta muertos parece que ha terminado por convencer a las autoridades de que este tema ha llegado a un límite y que urge aplicar políticas frontales y específicas para combatir el bullying


Clinton Maylle (14) se levantó como todos los días a las siete de la mañana. Se puso el uniforme, tomó el desayuno y, se dirigió a su colegio, el Micaela Bastidas de San Juan de Lurigancho, sin sospechar que aquel día, más que marcado por los moretones de la golpiza propinada por tres compañeros suyos, iba a quedar parapléjico.
Así como Maylle son varios los niños y adolescentes de ambo sexos que por ser mejores que los demás, o por tener algún defecto físico o provenir del interior del país, son objetos de burlas, y en el peor de los casos agredidos físicamente por sus compañeros de clase ante la pasividad y a veces indiferencia de sus profesores

En el presente informe conozcamos las historias de Oscar y de Lola, cuyos padres tuvieron que retirarlos de sus colegios ante el poco interés de las autoridades educativas por resolver este problema. Asimismo el testimonio de Antonio quien a pesar de haber acabado hace años la escuela, aún se siente tímido con las chicas por el objeto de burla que tuvo que soportar durante parte de su adolescencia.

“Le rompieron la pierna”

Era un viernes cualquiera cuando de repente sonó el teléfono de la casa de María. Era el director del colegio de su hijo quien le llamaba para comunicarle que Oscar estaba en el Hospital del Niño. ¿Qué había pasado? Simplemente que los compañeros de su hijo al tratar de golpearlo lo empujaron del segundo piso donde quedaba su salón y que producto de la caída se había roto la pierna.

María cuenta, aún indignada por lo sucedido a su hijo, que Oscar estaba en tratamiento por depresión, nunca había dicho nada en casa. “Y nadie imaginaba lo que estaba pasando en la escuela”. Su padre decidió indagar que había pasado y lo único que pudo averiguar era que su hijo desde hace un año se había convertido en el punto de sus compañeros por su origen provinciano.

Rafael, padre de Oscar, entonces buscó hablar con el profesor, pero no sirvió para nada, porque éste se limitó a quitarle importancia. "Cosas de niños", le dijeron en el colegio. Recurrió a la UGEL y ésta le remitió al centro escolar.
Ha pasado un mes de aquella fatídica mañana. Hoy Oscar no se atreve a salir de casa. Tiene miedo. Así que siempre anda poniendo excusas. Sufre fuertes dolores de cabeza y tiene ansiedad. Los hostigadores son siempre los mismos: unos chicos del colegio que van siempre juntos, mayores y más fuertes que él. Le da miedo pensar que pueda encontrárselos por la calle y que si va solo, le peguen nuevamente debido a que él los acuso de la caída que tuvo. En vista de la indiferencia de las autoridades del colegio, su padre solicitó hace algunos días el cambio de su hijo.

“Me ridiculizaban”

Empezó a fines de abril. El día que Lola se cayó en clase de educación física. "Era la nueva. Desde ese día fui el punto". No ha pasado un día en el que no la insulten. "Gorda, barril sin fondo, cuatro ojos, son algunas de las chapas con la que me molestan. Todo sirve para meterse conmigo", explica. Los que la insultan son un grupo de tres muchachas de la clase "que se creen mejor que nadie". Cuando el profesor pregunta algo en clase, la ridiculizan: "Me interrumpen y gritan: '¡Mentira, mentira!". También propagaron por los pasillos cómo era su sujetador un día que se le vio al quitarse el jersey. Los primeros días creía que eran bromas, pero ha pasado un curso completo sufriendo porque su cuerpo "es diferente", explica.

Lola (14) es de contextura gordita. Siempre lo fue pero nunca tuvo problemas por su peso hasta el día que sus padres decidieron cambiarle de escuela. “Acabábamos de mudarnos del Callao al Rímac. Al principio todo fue bonito, rápidamente hice amigas gracias a mi carácter jovial hasta el día en que me caí. Ahí empezó mi calvario”, cuenta.

Ante tanto fastidio, Lola le pidió a su mejor amiga (Carmen) que le acompañara a hablar con el profesor. "Ella había pasado por lo mismo en otro colegio. Unas matonas le pegaron varias veces", señala. "Yo ya no aguantaba más. Me dijo que iba a ser peor cada vez y que debía pararlo ya".

Lola decidida a no continuar siendo el punto de esa clase como sufrió su amiga fue en busca del sub director del colegio, el profesor Gonzáles. Este tras escucharla solo atinó a decirle que no se preocupara. “Pensando que todo iba a solucionarse se fue tranquila. Error. Pasaron los días y nada cambió. Las tres chicas que la fastidiaban continuaban haciéndolo.

“Sigue marcado”

"Tengo 27 años y aún sufro las secuelas que me provocó el acoso al que me sometieron mis compañeros de clase durante parte de mi adolescencia". Así comienza el correo electrónico que Antonio envió a la organización SOS Bulling.

Hace 15 años que sufrió el matonismo escolar y aún le sigue angustiando recordar situaciones sufridas entonces cuando estaba más gordo que sus compañeros de clase. "Mis compañeros se burlaban de mí porque ninguna chica quería salir conmigo debido a mi aspecto físico".

Un día le invitaron a una fiesta, "para reírse de mí", asegura. "Una chica se me insinuó, me llevó a una habitación y se mostró cariñosa. Cuando íbamos a besarnos, se encendieron las luces. Ella se apartó y salieron los compañeros de debajo de la cama riéndose. Las burlas prosiguieron en el colegio, y eso duró dos años", explica Antonio.
En otra ocasión, señala, cuando íbamos acabar el año escolar un grupo de compañeros trajo al aula un muñeco. “Ese día tras retirarse el profesor, algunos chicos me dijeron que iba haber una bonita sorpresa para todos. Así que me quede sin imaginar lo que minutos después iba a pasar”, recuerda.

Antonio sostiene que luego de una alocución de fin de año por parte de dos alumnos, uno de ellos salió afuera para hacer ingresar una gran piñata. “Lo primero que pensé cuando vi al muñeco era que íbamos a golpearlo hasta reventarlo para quedarnos con los regalos que tenía dentro, pero no me imagine que esa piñata tenía mi nombre. Fue una vergüenza”, dice

Aún hoy apenas puede relacionarse con chicas y es extremadamente tímido. Sigue intentado superar sus traumas con ayuda médica, aunque con poco éxito. "Cuando eres adolescente, estas actitudes pueden dejar estragos irresolubles", sostiene.


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