miércoles, 20 de enero de 2016

Paradigmas peligrosos


Escribe: Fabiola Carrillo Lozada (*)

Las ideas hedonistas y consumistas de nuestros tiempos, llevaron a muchos adolescentes a creer que para ingresar a un grupo de amigos se requiere de alcohol y drogas, como de los patrones de belleza “obligatorios”.

Todas estas presiones sociales los hacen presa fácil de muchos riesgos y si a esto sumamos que se encuentran en una edad en la que no miden los peligros y que son totalmente ajenos a los daños que puedan sufrir, tanto en su salud como en su desarrollo personal, la tarea de llevarlos por un buen camino se hace complicada.

Si centramos nuestra atención en uno de estos peligros a los que se exponen los adolescentes o jóvenes, me estoy refiriendo a los patrones de belleza equivocados que manejan, tendríamos que abordar un tema sumamente delicado. Los jóvenes y las jovencitas en especial, buscan actualmente, cuerpos cada vez más esbeltos y casi famélicos sin importar dejar de lado una alimentación saludable y necesaria para su proceso de desarrollo.

Los principales agentes llamados a enfrentar estos hechos son los padres y los educadores, con su trabajo de formar hábitos alimenticios desde temprana edad, es decir, desde la infancia, para que sirvan de base en su comportamiento futuro. Este trabajo puede ser manejado a través de proyectos de educación alimenticia que comprometan a padres de familia, a profesores y a especialistas de la salud. Proyectos de este tipo deben partir necesariamente del amor y del respeto a nuestro cuerpo, un tema de autoestima como cuestión de fondo.

Además, deben incluir orientaciones nutricionales tanto en casa como en los kioscos del colegio. Pero sobretodo deben presentar la alimentación no solo como un hecho meramente biológico, sino como un asunto ligado a los valores sociales y personales de los seres humanos.

Profesores y padres de familia deben ser agudos observadores de los hábitos alimenticios de alumnos e hijos respectivamente. Esto nos permitirá una labor preventiva frente a desórdenes alimentarios que podrían llevar a enfermedades como la anorexia o la bulimia, cada vez más frecuentes en nuestro medio, y a la obesidad infantil, que en los últimos años ha aumentado significativamente entre los escolares del país.

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(*) Educadora