jueves, 3 de octubre de 2013

Cuando los hijos matan


Atentar contra la vida de los padres es inconcebible, pero casos como los que vemos en los medios demuestran que son parte de una monstruosa realidad. ¿Qué puede llevar a un hijo a cometer semejante crimen?

Luego de estar casi cuatro años encarcelada, Eva Bracamonte dejó la prisión. Si bien esto no significa que haya sido declarada inocente de ser la autora intelectual del asesinato de su madre, la empresaria judía Myriam Fefer, por lo menos ahora afrontará el nuevo juicio en libertad.
Al igual que Eva, en el 2008 y 2009 Giuliana Llamoja y Elizabeth Espino también estuvieron envueltas en la muerte de sus madres. Para el caso de estas dos últimas, la justicia determinó que a ellas no les tembló la mano para cegar la vida de sus progenitoras. 
En el país, el hijo que mata a su padre comete parricidio. De acuerdo con el Código Penal vigente, una persona que incurre en este delito puede tener una pena no menor de 15 años de prisión.
Ya sea que el móvil de los que cometen parricidio sea la ambición o el rencor, nos preguntamos: ¿qué lleva a un hijo a cometer un crimen de esta naturaleza?
Para la psicóloga de la Aldea Infantil San Juan Bosco, Carmen Mendoza, este comportamiento se debe a la influencia de diferentes aspectos como: familiares y emocionales que al detonar, afloran de manera violenta. “La diferencia de cariño hacia los hijos o la falta de afecto genera rencores y los medios de comunicación juntamente con la relación con ciertas amistades provocan rebeldía y violencia”, asevera la especialista.
Por su parte, el psiquiatra del Instituto Nacional de Salud Mental Noguchi, Martín Nizama, explica que el odio y los bajos impulsos que los niños albergan por falta de valores, son los que conllevan a desencadenar actos “caníbales”. “La disfuncionalidad familiar no es la principal causa, sino algo más profundo como la falta de amor o el maltrato físico. Luego, el móvil desata esos instintos primitivos, por ejemplo, la ambición, allí la persona no pierde la razón, ya que maquina y planea su crimen”, advierte.
Estos comportamientos “primitivos”, como los denomina Nizama, están latentes dentro del cerebro de las personas, y se dividen en tres aspectos psíquicos: 25% “reptil”, donde se concentran los deseos e impulsos; 55% “mamífero”, que son las emociones y afectos; y 20% “humano”, donde está la razón, la ética y el control de las emociones. “Cuando los impulsos y los deseos acumulados se desatan, estos actúan sobre nosotros haciendo que no seamos capaces de controlarlos”, refiere el psiquiatra.
¿Cómo evitar esto?
Los especialistas recomiendan que al niño no se le debe consentir en exceso y además, se le tiene que instruir, de lo contrario adoptará una postura de “pequeño dictador”.
“Los padres creen que con dar todo a sus hijos han cumplido su papel, olvidando el soporte sentimental. No imponer normas, ni mantenerse firmes en los castigos o buscar a una tercera persona para sancionar, es el abono idóneo para el conflicto. La tiranía se aprende, y si no hay normas, los pequeños interiorizarán que tienen un esclavo”, indica Carmen Mendoza.
Nizama considera a la familia como figura fundamental porque si el hijo es reacio a la autoridad paternal y saca en cara la violencia en casa, está almacenando rencores. Los padres deben desarrollar espiritualidad, diálogo, cariño y no incentivar antivalores como el facilismo. “No se valora a la familia como tal, se prioriza mucho la tecnología, el confort material y eso provoca deshumanización, lo que desata los instintos animales. El consentirles cosas que el padre no ha gozado alimenta la frivolidad, y más en estos tiempos donde el Facebook es el mundo de la banalidad”, advierte. (JP)

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