miércoles, 23 de septiembre de 2015

El drama de los refugiados


Escribe: Paula Romero Gonzales (*)

Hacía falta la imagen de un niño sirio ahogado que escapaba de la guerra ocupando las portadas internacionales para que latiese algo de humanidad en el corazón de las autoridades europeas; como si el flujo migratorio en las costas del Mediterráneo fuese casual, como si necesitásemos la evidencia morbosa y visual para poner sobre la mesa un tema que lleva años a la cola en la agenda política.
Ahora, el goteo de desplazados es incesante, más de 3 millones de sirios han huido de la guerra y 218.000 refugiados se concentran en las fronteras de Europa. En los últimos 15 años, más de 25 mil personas han fallecido en el Mediterráneo convirtiendo el mar en una fosa común.
Ante la deshumanización de los sistemas democráticos europeos, incapaces de reconocer su parte de culpa en esta crisis socio-económica que azota nuestra realidad, los ciudadanos han mostrado su solidaridad abriendo las puertas a los refugiados. Mientras tanto, la subasta de sirios ya ha comenzado, y la canciller alemana Ángela Merkel ha dotado de diferentes cifras a los países receptores de desplazados que buscan una segunda oportunidad. Sin embargo, esta decisión no ha dejado indemne a la población que empieza a polarizarse entre los que ven la acogida como una amenaza. Muchos temen un posible atentado terrorista, otros perder ciertos privilegios. Pero más allá del fenómeno de migración actual y de las medidas coyunturales de ayuda urgente, hay un problema de base: Europa no está preparada para ofrecer sostenibilidad a largo plazo. Catalogan a los sirios como la ‘generación perdida’, personas que difícilmente podrán recuperar una vida digna en una Europa internamente quebrada; los países del sur apenas pueden ofrecer una respuesta sólida a los ciudadanos miembros, por ende, la diversificación de recursos en pro de la solidaridad internacional ha despertado la xenofobia y el rechazo, propiciando conductas violentas que alimentan una situación donde probablemente debamos preguntarnos en qué hemos fallado; aunque para ello haya que revisar la historia.
La integración de los refugiados es el gran reto que deben afrontar los países con recursos, dejando de cercar las fronteras y de pedir el carné de primera o segunda clase a ciudadanos hijos de un mundo que parió entre todos la bendita globalización.

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(*) Comunicadora social