miércoles, 30 de marzo de 2016

Fidelidad a lo prometido


Escrito: Francisco Bobadilla (*)

En tiempos de elecciones políticas, las promesas llenan los discursos de los pretendientes al poder (presidenciales y congresales). Casi a la par están, también, los incumplimientos. Sí, quien más, quien menos, ha tocado promesas, unas fielmente cumplidas, otras empolvadas en el cajón del olvido.

La promesa, dice Hanna Arendt, cumple en una sociedad la función de dominar la doble oscuridad de los asuntos humanos, es decir, “la básica desconfianza de los hombres que nunca pueden garantizar hoy quiénes serán mañana, y la imposibilidad de pronosticar las consecuencias de un acto en una comunidad de iguales en la que todo el mundo tiene la misma capacidad de actuar”. Las promesas generan proyectos comunes, ensanchan la visión, abren horizontes, construyen ciudades, dan sentido al futuro.

Sin promesas, todo es invención, un puro empezar y terminar a la vez; es el instante como esencia de la vida. No hay memoria, no hay tradición. Solo existe el “ahora” e individuos libres, sin ataduras, sin nadie a quien dar cuenta de su conducta; tercamente libres, terriblemente solos.

En realidad, nos encontramos frente a una expresión de cansancio vital, una libertad adormilada, incapaz del esfuerzo que supone permanecer fiel a la palabra. Nuestro tiempo está signado con el sello del cambio continuo como estilo de vida; las cosas, los pactos, las modas duran poquísimo. No sabemos esperar.

Sí, todo va rápido y no juega a favor de la fidelidad a la promesa. Pero también es verdad que el corazón humano está inquieto hasta que encuentra un lugar para descansar. Lo dice muy bien el poeta José Santos Chocano: “ser río que corre, ser nube que pasa, sin dejar recuerdos, ni rastro ninguno, es triste; y más triste para quien se siente nube en lo elevado, río en lo profundo. ¡Señor!, ya me canso de viajar, ya siento nostalgia, ya ansío descansar muy junto a los míos (…) Hace ya diez años que recorro el mundo. ¡He vivido poco! ¡Me he cansado mucho!”.

En efecto, no le bastan al ser humano los amoríos efímeros, los viajes sin fin; también quiere permanecer en un lugar, ser leal a un amor y edificar un proyecto que perdure en el tiempo. Ciertamente, la fidelidad a lo prometido, le pone piso al futuro.

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(*) Colaborador