jueves, 20 de octubre de 2011

El negocio de las villas miseria


Barrios pobres de la capital argentina que solo son visitadas durante las campañas electorales por lo políticos, ya sea para dejar regalos o hacer algunas promesas. Durante el resto del tiempo, sus pobladores, muchos de ellos peruanos, bolivianos y paraguayos, viven en el olvido


A escazas 30 cuadras (3,5 kilómetros) de la Casa Rosada (Palacio de Gobierno), se levanta la Villa 31 y la 31 bis, frente al terminal de autobuses de Buenos Aires.

Conjunto de casas rústicas de dos, tres y hasta cuatro pisos que hoy crece hacia el norte “y hacia el cielo”, como dice Amanda, una madura madre de cinco hijos que lleva viviendo allí muchos años.

Hasta este lugar, la era de la distribución económica que propaga el gobierno de la señora Kirchner ha llegado, aunque a cuenta gotas.

Actualmente Villa 31 alberga a más de 26,163 personas, muchos de los cuales provienen de países vecinos como Perú, Bolivia y Paraguay.

Según datos oficiales, desde el 2001 la cifra de moradores de la villa 31 se ha duplicado. En los dos últimos años llegaron más de 2,500 nuevos vecinos. Mismo fenómeno sucede con las otras 13 villas y 26 asentamientos humanos que se desparraman por la capital argentina.

“Boom poblacional”

Víctor, un exconvicto que aprovechó su tiempo en reclusión para estudiar derecho explica que producto de las crisis económica que vivió el país en el 2001 mucha gente de clase media que perdió su trabajo empezó a migrar a las villas.

Sin embargo, en los últimos años el crecimiento sostenido de la economía de este país ha hecho que hoy no se explique por qué este fenómeno aún continúe. La única explicación se debería a que ese desarrollo no llega a los sectores menos favorecidos.

El diputado del Frente Amplio Progresista (FAP), Claudio Lozano, lo pone de este modo: “La asignación universal por hijo (los subsidios para combatir la pobreza impulsados por la administración de Cristina Kirchner) es un hecho positivo, pero llega solamente a un tercio de la población que está en condiciones de recibirla. Eso demuestra que en este gobierno importa más el relato que la realidad”.

Y la realidad en la Villa 31, como en La Loma es muy cruda, incluyendo el peligro de la delincuencia y de la droga. “Yo tomo vino, y mucho, en cajitas, como me gusta, pero los pibes (muchachos) acá se matan con el “paco” (una droga de muy baja calidad, hecha con pasta base y vidrio molido) y quedan destruidos”, dice Alberto Rabitto, un reciclador urbano que alguna vez brilló como zaguero centro en el Racing Club de Argentina y en el Rampla Juniors de Uruguay y hoy admite “estar destruido por el alcohol… y por la vida”.

En La Loma la situación no es muy diferente, como tampoco lo es en las más de 500 villas distribuidas en el primer y segundo cordón de la provincia de Buenos Aires.

Dura realidad

El “paco” es letal para miles de jóvenes, y no tan jóvenes. “Es algo contra la que no podemos luchar. Vecinos, hijos nuestros van cayendo en el vicio y es muy difícil recuperarlos. ¿Cómo enfrentar a los punteros que les venden ‘la merca’?”, se pregunta Aníbal, un referente social en La Loma, donde la presidenta Cristina consiguió 71% de los votos en las elecciones primarias.

En La Loma no hay construcciones horizontales, salvo alguna que otra que cuenta con un piso más. Allí, como en la 31, los “beneficios” llegan cada dos años, con las elecciones. “A nosotros siempre nos deja algo”, dice Rubén Anzardi, alguna vez tornero y hoy receptor de un plan social. “Nos queda un billete de más, algún aparato (electrodoméstico) y otros regalos. Normal en época de campaña”. Eso que fuera de allí se conoce como clientelismo político.

A estos lugares llegan los políticos en campaña con planes para urbanizar las villas o combatir el narco, pero la policía entra poco y mal, en un sitio que está frente a uno de los principales accesos de la ciudad, la terminal de autobuses de Retiro. Los efectivos no se animan a entrar, según cuentan los vecinos de La Loma, a casi 40 kilómetros de la Plaza de Mayo.

Para Omar Barrios, oriundo de la norteña provincia de Tucumán, y residente de La Loma, “acá la gente genera su propia economía”, aunque reconoce que esta etapa electoral “es un tiempo de cosecha”. Tal vez por eso, porque generar pobreza sigue siendo negocio, estas villas siguen creciendo. Tanto, como el caudal electoral del kirchnerismo en estos paupérrimos barrios argentinos.

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