jueves, 10 de mayo de 2012

La otra cara de Lurigancho



Buscando el semblante menos visto de una de las prisiones más temidas del mundo, nos adentramos en las entrañas del Penal San Pedro, más conocido como Lurigancho, para demostrar a la sociedad y al país que sí hay internos que se reforman -o al menos lo intentan- para enfrentar esa indiferencia  colectiva que los espera en las calles limeñas. Conozca la otra cara de Lurigancho; aquel rostro golpeado por la apatía general que, lejos de asustarlo, podría llegar a conmoverlo.

El sol aún se veía en el cielo. Cuando el reloj marcaba las 3:40 p.m. las puertas de aquella cárcel, que para muchos podría confundirse con el infierno, se abrieron a nosotros amigablemente, como dándonos la bienvenida. Uno de los penales más temidos en todo el Perú nos recibía con beneplácito y amabilidad, para mostrarnos, sin vendas ni tapujos, una de las realidades más feroces de toda nuestra enclenque sociedad.
Mientras caminábamos por aquéllas calles maltratadas por los años y los vicios, las miradas perdidas de las almas cautivas de los internos en penitencia nos seguían de lejos en nuestro recorrido.
Nuestra misión era encontrar a reclusos regenerados, listos para reinsertarse en la sociedad y con la meta clara de no volver a delinquir, respaldándose tras el oficio que habían aprendido en prisión y que seguirían ejerciendo una vez libres de condena. Grande fue nuestra sorpresa al darnos cuenta que la tan abnegada misión no iba a ser para nada complicada.
Así llegamos al Pabellón Industrial, que alberga una buena cantidad de reclusos que se dedican con empeño a la ardua tarea de sacar adelante sus negocios, comercializando de manera pertinaz los productos que ellos mismos fabrican. Aquí empieza nuestro verdadero recorrido. 
“Recibo pedidos de Gamarra”
En el taller de textilería encontramos a un hombre de mirada amigable y de sonrisa fácil.  Lucio Soto Navarrete (49), natural de Arequipa, tenía la mirada fija en el trabajo que estaba desarrollando. Su habilidad para la textilería lo desarrolló desde mucho antes de entrar a prisión y su talento para las telas lo ha hecho abastecedor del emporio de Gamarra. Esta es su historia.
“Yo estoy aquí por violación”, nos dijo Lucio, algo avergonzado, mientras desviaba la mirada a otra parte del recinto.
Con una sonrisa en los labios, nos contó que, desde hace tiempo, practica el oficio de la textilería.
“Yo ya ejercía este oficio antes de entrar aquí. Estudié para ser técnico de mantenimiento industrial. Tuve la oportunidad de abastecer Gamarra y a eso me dedico. El contacto se realiza a través de familiares, amigos, empresarios que nos conocen y nos ayudan. Nos piden por millares y nosotros les cumplimos. Además, vendo lo que produzco en el mercado. Yo les doy a mis familiares y ellos se encargan de venderlo en la plaza. También les vendemos a las visitas que vienen a ver a sus familiares. El Penal nos ayuda mucho. Las ganancias son cien por ciento para nosotros, sólo debemos pagar treinta soles mensuales. Esta es la manera en la que yo mantengo a mi familia. Cuando salga, quiero capacitarme más en este tema”.
El arequipeño Lucio Navarrete, perdiendo un poco la vergüenza, nos contó la forma en la que el Penal lo ayuda en su regeneración.
“Nos hacen limpiar nuestra habitación, preparar el desayuno, también nuestra limpieza personal, nos hacen hacer ejercicios. Con este trabajo y tratamiento, nosotros queremos demostrar que hemos cambiado totalmente”, nos dijo, antes de retirarnos, y se despidió de nosotros con aquélla sonrisa amigable que lo caracteriza.
“Sólo quiero salir para poder estar con mi familia”
Siguiendo nuestro recorrido en el Pabellón Industrial, nos acercamos al taller de cerámica, donde verdaderas obras de arte son creadas y expuestas por estos artífices olvidados y mal vistos por algunos, pero que no por ello dejan de desarrollar la habilidad que se les concedió en las manos. Así, conocimos a Aníbal Zavaleta (43), natural de Cajamarca, hombre de manos embarradas debido a la cerámica que cobra vida en sus manos talentosas.
Dejando de lado por unos instantes su ardua labor artesanal, Aníbal, asombrado con nuestra visita, nos comenzó a relatar su historia.
“Yo también estoy aquí por delitos contra el pudor, contra el honor sexual, como violación. Primero me dieron ocho años, pero luego me subieron a quince. Cuando llegué, conocí a algunos compañeros y ellos me mostraron lo que se podía hacer, porque era necesario mantener a la familia de todas maneras. Y me decidí por la cerámica. Me gusta el trabajo. Gracias a Dios el Penal nos apoya mucho y podemos tener proveedores, pero también el mismo Penal nos suministra los insumos. Yo tengo la facilidad de poder comercializar mis creaciones aquí mismo, o se lo llevan mis familiares y lo venden afuera. Pienso seguir en esto cuando salga. Me gusta lo que hago (sonríe). Me gustaría formar un pequeño negocio”.
Cuando le preguntamos sobre la motivación que tiene para seguir adelante, Aníbal no pudo ocultar su mirada perdida, triste, añorando la calidez de su hogar y el amor de su familia.
“Me motivación estar con mi familia. Quiero salir sólo para poder estar con ellos, con mi familia, esa es mi motivación”, nos dijo Aníbal alegremente. Luego, nos dio la mano fuertemente, mientras nos despedíamos.
“Los primeros chanchos me salían quemados”
Salimos del Pabellón Industrial para dirigirnos en busca de uno de los chefs más conocidos de toda la penitenciaría. Su nombre: Rubén Ayala Garondo (40), originario de Ayacucho, conocido por su exquisito “Lechón al cilindro”, potaje que le hizo merecedor del primer puesto en el Primer Festival Gastronómico y Repostería Gastón Acurio, organizado dentro del mismo penal.
Ayala Garondo tiene un restaurante en el pabellón 19, cuyo nombre refleja la fuerza de sus trabajadores y dueños: “Power”. Además, él, junto a un grupo de presidiarios, ha formalizado la organización APEMEPHL, sociedad que cuenta con el respaldo del Penal y que ha ayudado en la resocialización de los propios internos. 
El restaurante Power es pequeño, pero no por eso menos acogedor. En sus instalaciones podemos darnos cuenta del trabajo arduo y sacrificado que realizan los dueños de aquel recinto. La historia del restaurante Power nos la cuenta su dueño y creador, el ex narcotraficante Rubén Ayala.
“Gracias por venir, nos dijo, casi a nadie le importa ver el lado positivo de Lurigancho. A mí me metieron por narcotráfico. Pero mi caso es particular, básicamente, estoy aquí por hacerle un favor a un amigo, no porque fuera narco”.
La sonrisa de Rubén es contagiosa y la energía que irradia es transmitida a todo aquel que está cerca de él. 
“La verdad, estando afuera, nunca le tomé interés a la gastronomía. Una vez acá, comencé con un kiosco. Primero quería hacer una juguería, pero me di cuenta que habían varias juguerías, así que opté  por hablar con la autoridad de aquél entonces, que nos apoyaron bastante, y le conté mi proyecto: Hacer un espacio higiénico, limpio, para el consumo de la gente. Yo ni sabía cocinar. Sólo sabía hacer pollo a la plancha. (Risas) Cuando el consumo subió, fui comprando churrasco, truchas, chuleta. Los insumos me los suministraba mi proveedora. Todos los internos tienen su proveedora. Ella me traía todo. Pero aún no hacía guisos”.
Mientras él nos relataba su historia, los cocineros que trabajaban allí dejaron de hacer sus labores, para escuchar el testimonio de Rubén.
“A finales de 2009 me fijé en este espacio. Abajo hay un gimnasio y el techo era de calamina. Conversé con las autoridades para poder construir este espacio del gimnasio de material noble y yo agarrarme el segundo piso. Y así lo hice. Nos juntamos todas las delegaturas de todos los pabellones y, de los veinte, diecinueve estuvieron de acuerdo, y me dieron luz verde (sonríe). Las autoridades me han apoyado bastante. Y así empezamos. Para ese entonces ya empecé a estudiar y a ver recetas. Un buen día veo la TV y veo el cilindro en un evento gastronómico. Y no faltó un capitán que me dijo: “Mira, compadre, si tú quieres yo te busco el cilindro afuera y te traigo la receta de Internet”. Y me trajo el cilindro. Entonces, así empecé. Mis primeros chanchos salieron crudos, quemados, hasta que pude agarrar la línea. Ahora, no me quejo, porque gané el concurso el 20 de abril”.
Rubén nos enseña, orgulloso, el diploma que lo convertía en ganador del festival gastronómico en el que él había participado. Su regocijo era recalcitrante. Y con esa misma alegría, nos contó los eventos próximos. 
Cerca de las 6: 00 p.m. nos marcharnos. La tarde plomiza de una Lima antigua nos volvió a cobijar bajo su seno y nos alejamos de aquel pedazo de averno, amando nuestra libertad, aún más todavía.

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