jueves, 29 de marzo de 2012

El Perú en la guerra de Las Malvinas

A puertas de celebrase un aniversario más de la guerra de Las Malvinas. Aquí un recuento de lo que fue la participación peruana en dicho conflicto. Detalles hasta hoy desconocidos sobre los entretelones de la ayuda diplomática y militar, así como la labor del presidente Fernando Belaunde Terry sirviendo como mediador.


Corrían aproximadamente las tres de la tarde del lunes 2 de abril de 1982. Argentina pasaba por uno de sus momentos más críticos, Inglaterra les había declarado la guerra por la posesión de Las Malvinas, un conglomerado de tres islas que forman parte de un archipiélago rico en recursos minerales, que por espacio de décadas habían estado en manos de los franceses, españoles, argentinos y que en definitivas el Reino Unido reclamaba su posesión.

Durante esos meses las redacciones de los principales medios nacionales daban cuenta de los entretelones de una posible ayuda que el gobierno de Fernando Belaunde Terry había ofrecido a su homólogo argentino Leopoldo Galieri, esa información fue confirmada semana después por la propia cancillería, e incluso acordando que seria el 3 de mayo de 1982 fecha del encuentro diplomático.

Esta información generaría una serie de suspicacias en todos los estamentos sociales y políticos sobre la participación de tropas peruanas en un conflicto que no era nuestro. Hubieron quienes criticaron esta decisión por considerarla antirreglamentaria al ir en contra de los intereses nacionales.

Perú en Las Malvinas

Ante todo pronóstico la reunión entre mandatarios se dio esa tarde de mayo en Palacio de Gobierno. Aquel día ingresaron tres ciudadanos argentinos de porte militar portando portafolios de color negro que se dirigían raudamente hacia el salón dorado. Se trataban del general Héctor Iglesias, secretario del dictador Leopoldo Galtieri, el contraalmirante Roberto Nolla y el embajador argentino en Perú, Luis Sánchez Moreno.

Durante una hora y 45 minutos que duró la reunión se supo que el general Iglesias trajo una lista inmensa de pedidos. Así nos lo narra el entonces secretario del Presidente Fernando Belaunde y hoy congresista de la República, Víctor Andrés García Belaunde, quién nos indica que en la fecha de la reunión, el presidente Belaúnde ya había solicitado un mes antes, una tregua con el Reino Unido, para poder llegar a una solución pacífica y evitar un inútil derramamiento de sangre. Pero por razones que se desconocen no se llegó a ningún acuerdo entre ambos países – tanto así que a fines de abril de ese año la armada argentina había perdido a uno de sus buques insignias llamado Belgrado, este hecho desencadenó una preocupación mayor del presidente Galtieri por buscar que reforzar su ofensiva.

Ante la imposibilidad de lograr la paz entre Argentina y el Reino Unido, se dispuso que el gobierno peruano apoyase militarmente a la República Argentina. Para entonces, la guerra llevaba un mes de iniciada y el conflicto bélico avanzado.

En busca de la paz

Ante esto se agotó todos los mecanismos viables. El presidente Belaunde llamó a Ronald Reagan para expresarle su preocupación. Reagan lo puso en contacto con su secretario de Estado, el general Alexander Haig. Según el libro Malvinas..., Haig le pidió que se comunicara con Galtieri para proponerle una salida diplomática. “Presidente, yo soy un militar”, le explicó. “Los ingleses vencerán. Han enviado cien buques y si les hunden uno mandarán tres en su reemplazo. Si les bajan un avión, mandarán cuatro”.

El mandatario peruano pasó todo el domingo 1º de mayo en comunicaciones telefónicas con el general Galtieri, con el canciller argentino Nicanor Costa Méndez y con el propio Haig. Las conversaciones se entramparon porque los ingleses se negaban a que en el acuerdo se dijera que se reconocería los “puntos de vista” de los habitantes de las islas y planteaban que en su lugar se hablara de “deseos e intereses”.

En una de esas conversaciones telefónicas, el dictador argentino le dijo a Belaunde: “Presidente, yo también tengo mi Senado y tengo que consultarlo”, en referencia a los otros dos miembros de la Junta Militar. Víctor Andrés García Belaunde, que estaba al lado de su tío en ese momento, dice que tras colgar el arquitecto expresó, frustrado: “Ese tontón está hablando que tiene un Senado, ¿cuál es su Senado? ¡Es una dictadura militar! ¡No tiene Senado!”.

Esa tarde, un submarino de la Armada británica lanzó un torpedo contra el General Belgrano, un buque crucero argentino de más de mil tripulantes. Murieron 323 personas, casi la mitad de todas las pérdidas humanas que dejaría la guerra. Galtieri estaba reunido con su canciller cuando el almirante Jorge Anaya, comandante de la Armada argentina, entró con la noticia. La Junta Militar, sedienta de venganza, decidió, de inmediato, echar la propuesta peruana al tacho.

¿Qué es lo que quería Galtieri?

En una última charla telefónica, en las primeras horas del 3 de mayo, Galtieri le dijo a Belaunde que su gobierno no negociaría más con los británicos. El mandatario peruano lo entendió. Luego de agradecerle sus esfuerzos, el militar argentino le pidió al presidente peruano que recibiera al representante que estaba enviando a Lima. Se trataba del general Iglesias. Galtieri le dijo que quería que su enviado le explicara in situ cuál era la posición argentina en este conflicto. “No había ninguna posición que explicar”, dice García Belaunde. “Iglesias vino a pedir armas. Lo mandaron para pedir algo que no se podía por teléfono”.

El legislador sostiene que el emisario de Galtieri pidió de todo: Mirage M5, Sukhoi, submarinos, tanques, misiles y un largo etcétera. Encontró un entusiasta respaldo en el general Luis Cisneros Vizquerra, un oficial educado en Argentina, apodado ‘El Gaucho’, entonces ministro de Guerra. “No se les dieron Sukhoi porque no sabían cómo pilotarlos”, dice García Belaunde, “y porque, además, el Perú era el único país sudamericano con Sukhoi, lo que iba a significar que iba a terminar involucrado en el conflicto”.

Belaunde también descartó enviar submarinos. Para llegar a Argentina habrían tenido que pasar por Chile y eso habría significado un problema, ya que Augusto Pinochet apoyaba a Gran Bretaña. Se decidió enviar 10 Mirage M5, la aeronave más poderosa que tenía nuestra Fuerza Aérea, con todos sus pertrechos (en realidad, se vendieron a US$ 5 millones, un precio de regalo). Y un lote de misiles Exocet, de la Marina de Guerra.

Los aviones de Belaunde

Por aquellos años nuestra armada contaba con los poderosos Mirage M5 de fabricación soviética. La misión era consideraba secreta, y tenia como objetivo dotar de 10 poderosas aeronaves que tendrían que arribar a tierras argentinas lo más antes posible. Para eso se convocaron a los más duchos y recorridos pilotos que tenía nuestra armada, que tenían como objetivo atravesar la cordillera de los andes hasta llegar a la base argentina en Tandil – en donde tenían que adiestrar en el manejo de estas aeronaves a los pilotos argentinos que desconocían su manejo. Uno de ellos es Gonzalo Tueros, entonces instructor de vuelo, integraba el Escuadrón 611, que vigilaba el norte del país. Pedro Ávila, junto a su escuadrón, el 612, recorría el sur.

Tueros recuerda los ajetreos en la base aérea de La Joya, en Arequipa, preparando las naves. Se les colocaron banderas, escarapelas y números de matrícula argentinos. El piloto guía, el mayor Ernesto Lanao, les dio instrucciones: volarían sobre los 33 mil pies de altura para ahorrar combustible; la ruta sería la frontera chileno-boliviana, ligeramente del lado de Bolivia, que no disponía de radares. Cada Mirage llevaba dos tanques adicionales de combustible (de 450 galones cada una) para poder llegar hasta Jujuy. Allí, luego de una breve escala, reiniciarían vuelo hasta la base aérea de Tandil.

Tueros también cuenta que en Jujuy, mientras las naves eran revisadas, los oficiales argentinos los llevaron a almorzar a un restaurante. “No sé cómo, pero la gente nos reconocía y se acercaba. Nos agradecían que estuviéramos ayudando a su país y nos pedían autógrafos”, dice.

El oficial que recibió a los peruanos en Tandil fue otro compatriota: el mayor FAP Aurelio Crovetto. El entonces comandante del Escuadrón 611 había sido enviado a Argentina semanas atrás, junto con otros dos oficiales, en calidad de observador de la guerra. Poco antes de la llegada de los Mirage, su misión cambió. Los argentinos, enterados de que no solo era un experto piloto sino que también era especialista en lanzamiento de misiles y que dominaba tácticas de combate, pidieron al Perú que se convirtiera en asesor militar.

Fue así que Crovetto terminó siendo un consultor de lujo para los oficiales de la Fuerza Aérea Argentina y, además, el responsable de enseñar a los pilotos argentinos cómo manejar los Mirage M5. Crovetto los instruyó en el lanzamiento de misiles aire-superficie AS-30, contra buques y les enseñó nuevas tácticas de ataque. Instalado en el centro de operaciones de la aviación, en Comodoro Rivadavia, fue un testigo de excepción del desarrollo del conflicto. Dice que siempre admiró el valor de esos oficiales que conducían una guerra que, dado el poderío militar de Gran Bretaña, antes de comenzar ya se sabía perdida. El Estado peruano nunca ha reconocido oficialmente la ayuda militar que se le dio a Argentina pero para Crovetto eso termina siendo secundario. Para él, como para Gonzalo Tueros y Pedro Ávila, su participación en el trágico episodio de las Malvinas perdurará para siempre en su memoria.