jueves, 12 de abril de 2012

A 100 años de la tragedia del Titanic

Hablar del “Titanic” es recordar la historia de una de las embarcaciones más famosas que han surcado los mares. Fue en el Océano Atlántico donde ocurrió la tragedia que le ha dado paso a libros, películas y documentales, todos tratando de descubrir qué pasó la noche del 14 de abril de 1912.


Era uno de los viajes más publicitados de la época. El día 10 de abril de 1912, la embarcación “Titanic” partía desde el puerto de South Hampton (Inglaterra) hacía Nueva York. Era la primera vez que un barco de una medida descomunal surcaría el Océano Atlántico con miles de pasajeros a bordo. Sin esperar un final tan trágico, 2,224 personas arribaron a la cita para partir hacia América pero nunca se imaginaron que serían parte de uno de los capítulos más negros de la historia marítima.

Al mando del barco estaba el Capitán Edward Smith, quien por su experiencia fue llamado para hacer el trayecto.

Todo marchó bien en los primeros cuatro días del viaje; el mar estaba calmado y el clima despejado aunque muy frío, pero en la fría noche del 14 de abril, el barco chocó con un iceberg (un gigantesco tempano de hielo) y debido a ese impacto se creó una perforación en un lado, dejando la entrada del agua directamente al barco que no tardó mucho tiempo en hundirse.

Al fondo del “Atlántico”

De acuerdo a los reportes de historiadores y sobrevivientes eran las 11:40 p.m. del 14 de abril de 1912 cuando el barco chocó con un gigantesco tempano de hielo. Los pasajeros que aún estaban despiertos no se dieron cuenta de lo que ocurría, porque el impacto había sido suave. Lawrence Beesley, uno de los sobrevi¬vientes, declaró que “no hubo ruido de choque o de otra cosa; no se sintió el choque, ninguna sacudida de un cuerpo pesado chocando con otro...”

Sobre la cubierta, y no obstante el intenso frío, algunos pasajeros entusiasmados sostenían una “batalla” con bolas de nieve, usando el hielo que el mortífero témpano había depositado durante el breve en¬cuentro con el barco, mientras que otro pasajero, que no quería dejar la comodidad del salón de estar, alargó un vaso y pidió a un amigo que “viera si había llegado un poco de hielo a bordo”.

Algunos pasajeros preguntaron a los camareros por qué se habían parado las máquinas, y éstos les aseguraron que no había motivo de alarma. Los camareros actuaban de buena fe, pues hasta el momento creían realmente que todo estaba bajo control. Allá abajo, sin embargo, la historia era diferente.

Los hombres del primer cuarto de calderas se encontraban nadando en fuertes torrentes de agua que se precipitaban a través de una enorme grieta en el costado del barco. Lograron llegar al siguiente cuarto de calderas, y luego al siguiente, hasta entrar al número 4, que estaba casi a la mitad del buque y donde aún no llegaba el agua.

Al darse cuenta de que el daño era grave, el capitán Smith fue al cuarto de radio, donde los dos operadores de radio, Jack Phillips y Harold Bride, estaban listos para recibir o transmitir señales, y les dijo que el barco había chocado con un iceberg y quería que estuvieran listos para enviar una llamada de auxilio.

Cuando regresó al puente era obvio que el “Titanic” se hundía lentamente. El témpano había abierto un corte en la proa de estribor del largo de la tercera parte de la longitud del barco, y el agua helada del Atlántico entraba incontrolable y copiosamente. A las 00:25, unos minutos después de la colisión, el capitán Smith ordenó que se descubrieran los botes. Diez minutos después regresó al cuarto de radio para ordenar a los operadores que empezaran a transmitir, agregando perturbado: “Podría ser la última oportunidad”. Inmediatamente, el llamado urgente crepitó en la noche transmitiendo lo que había ocurrido, dando la señal de llamada MGY del barco y su posición, y pidiendo ayuda urgente.

La señal fue captada por dos trasatlánticos, el “Frankfort” y “el Carpathia”, y el capitán de este último preguntó dos veces a su operador si había leído correctamente el mensaje, pues no creía que el “insumergible” “Titaníc” pudiera hallarse en problemas. Cuando se confirmó el llamado de auxilio, ordenó a su operador responder que iría al rescate a toda velocidad, y pidió a sus ingenieros que le dieran “toda la información que tenían”.

Mientras tanto, los camareros del “Titanic” iban de camarote en camarote, tocando a las puertas y pidiendo a los ocupantes que se pusieran ropa adecuada para el frío y se dirigieran a las estaciones de botes con sus chalecos salvavidas. Todavía ignorantes de la gravedad de la situación, la mayoría de los pasajeros hicieron lo que se les pidió, aunque algunos se negaron a salir del calor de sus camarotes por lo que consideraban simplemente un inesperado y desconsiderado ejercicio de adiestramiento para evacuación.

Los botes fueron colgados y se dio la orden: “¡Mujeres y niños solamente!”. Al principio hubo renuencia a abandonar el barco porque éste parecía tan seguro, tan cómodo comparado con los frágiles botes. Beesley declararía después: “El mar estaba tranquilo como un lago interior, excepto por el suave oleaje que no podía provocar movimiento alguno a un barco del tamaño del “Titanic”. Permanecer en cubierta, a muchos metros por encima del agua que golpeaba indolentemente contra el costado brindaba una sensación de maravillosa seguridad...”

Todos se comportaban de manera calmada, casi indiferente. Hasta ese momento no había aparecido el pánico que reina en otros barcos en circunstancias parecidas ante el peligro de perder la vida ahogados; sólo se presentó una desagradable escena entre los pasajeros de tercera clase, misma que fue controlada rápidamente por los oficiales.

Finalmente, los botes empezaron a ser cargados de pasajeros y bajados lentamente.

Tres horas después, a las 2:20 de la madrugada del 15 de abril, el barco se hundió en el fondo del mar.

En los botes salvavidas se rescataron a mujeres y niños, primordialmente. A un siglo del suceso siguen las críticas a la organización en que se procedió al rescate de los viajeros. Se dice que algunos botes no iban llenos a su capacidad, que más gente se pudo haber salvado. En total sobrevivieron solo 710 personas (menos de la mitad de la tripulación).

En 1985 fueron descubiertos muchos restos del “Titanic” y desde entonces han sido visitados por arqueólogos, cineastas, científicos y turistas. Miles de objetos se han recuperado y ahora son expuestos al público en diferentes museos del mundo.