jueves, 19 de abril de 2012

Olvidados por el Estado



Todos hablamos siempre de los Héroes del Cenepa, pero nadie se ha preguntado en qué condiciones viven. Actualmente hay más de dos mil excombatientes que no reciben ninguna pensión ni tratamiento médico, porque solo sufrieron de trastornos psicológicos.  

Hace 17 años atrás más de tres mil valerosos peruanos expusieron sus vidas con el fin de defender la soberanía del país  en el conflicto conocido como el Cenepa. Tras duras batallas que duraron en muchos casos varios días, nuestros aguerridos soldados lograron expulsar a las tropas ecuatorianas que se habían infiltrado a territorio patrio. Al término del conflicto, los elogios y reconocimientos que se hicieron a los combatientes quedaron solo para la foto y el recuerdo, más las promesas del gobierno no alcanzaron a todos.
En 1995 gobernaba el Perú Alberto Fujimori. Este presidente se comprometió públicamente a nombre del Estado otorgar a los sobrevivientes de ese conflicto una pensión vitalicia, atención médica de por vida para ellos y sus familiares así como capacitarlos para que puedan crear Pymes y así sustentarse. Solo cumplió a medias.
De acuerdo con el presidente de la Asociación Nacional de Defensores de la Patria del Alto Cenepa (Asnadep), Héctor Venturin, el Estado apenas viene otorgando una exigua pensión de 860 nuevos soles a los combatientes que quedaron discapacitados físicamente, además de atención médica, más se olvidó de incluir a los que por causa de esa guerra terminaron con problemas psicológicos. 
Actualmente hay 2,624 excombatientes que no pueden llevar una vida normal así como conseguir un trabajo producto de los traumas que le ha dejado dicho conflicto. 
El Grupo Parlamentario “Alianza por el Gran Cambio” presentó hace meses un proyecto de ley para mejorar las pensiones de los excombatientes así como también para incluir a los que quedaron con problemas psicológicos, no solo para los que lucharon por nuestra patria durante el conflicto de 1995 sino también para los de 1981 durante el conflicto del Alto Comaina o  Falso Paquisha. Como muchas iniciativas presentadas en el Parlamento, esta también se encuentra encarpetada. 
“Esta situación ha llevado que muchos se encuentren deprimidos y hasta enfermos”, dice Venturin. 
“El Universal” conversó con algunos excombatientes sobre su situación y expectativas. Estas son sus historias.
 “Me siento defraudado de mí país”
Camina cabizbajo y pensativo, como tratando de esconder su timidez producto de la secuelas que le dejó la guerra. No puede estar mucho tiempo parado – dado que perdió tres dedos del pie derecho producto de las esquirlas de una mina antipersonal que mató a su compañero que iba a tan solo 5 metros delante de él y es por esa razón que no puede realizar trabajo alguno que requiera mantenerse de pie.
Nos cuenta que le es difícil conseguir trabajo, nadie lo quiere recibir al enterarse que fue un excombatiente del Cenepa – por lo que su diploma y medalla que le dieron al terminar la guerra de poco o nada le han servido. 
“Tu no estas bien psicológicamente para el puesto – le dicen sin ningún desparpajo los empleadores que lo entrevistan”. Se da media vuelta y se va.
Así transcurren los días del sargento William Ataulluco Sinchi (43), excombatiente del conflicto del 95 perteneciente al batallón de comandos Nº 19 de Chorrillos, de quién el Perú le debe mucho y hoy está en busca de un justo reconocimiento que hasta hoy le es esquivo. Tiene dos hijos y una familia que mantener, los trabajos eventuales son insuficientes para poder mantener su hogar cada día más debilitado. “Trabajo en lo que se presenta – un día soy albañil, otro carpintero y hasta electricista, la vida es injusta – solamente pido una pensión que me permita subsistir. Las secuelas psicológicas que me ha dejado la guerra me han marcado para siempre, no volveré a ser el de antes por eso pido que el Estado reconozca mi esfuerzo y valentía al defender la patria”, sostiene.
Hoy Wiliam no solamente se le ha negado una pensión de 860 soles que reciben los familiares de los soldados caidos y los que quedaron mutilados, sino que también se le ha negado atención médica y psicológica para él y su familia, por considerarlo ileso.
“Cada vez que he ido al Hospital Militar me dicen que estoy fuera de cobertura y que además no estoy tan grave como para que ser atendido – siempre me recalcan que yo puedo trabajar con normalidad y que el seguro es solo para los que quedaron mutilados”. 
Atrás habían quedado las promesas de un gobierno fujimorista que les prometió que no les iba a faltar nada. Palabras que se quedaron en el olvido ya que hoy la realidad es otra. 
“La depresión me está matando”
Joao Armijo Angulo (39) nos da la mano y nos invita a pasar, mira a la puerta como si estuviera esperando a alguien. Desde que terminó la guerra, me dice, he quedado con una sensación algo extraña – siento que me persiguen y que no tengo donde esconderme – es por esa razón que me tengo que automedicar aunque a veces tengo problemas para conseguir mis ansiolíticos que solo se pueden comprar bajo receta médica. Seguimos hablando mientras no deja de rosarse las manos como si tuviera una picazón incesante y no deja de mirar el reloj, y es que la ansiedad y el miedo a ser capturado no le dejan vivir en paz. Hace años que no tiene un trabajo estable – le cuesta pasar las diferentes exámenes que comúnmente las empresas someten a los aspirantes para puedan entrar a trabajar. 
Nos cuenta que habido casos en que el solo hecho de haberles entregado mi certificado de excombatiente estaba automáticamente descalificado para el puesto. 
“Me decían que no estaba apto para poder soportar trabajos bajo presión – por lo que me recomendaban recibir tratamiento psiquiátrico con urgencia”. 
Durante el conflicto hubieron  distintos episodios que quedaron marcados en la memoria del sargento 1ero Joao Armijo. El hostigamiento de las tropas ecuatorianas durante las madrugadas – el ruido ensordecedor de las ráfagas de metralleta de las patrullas enemigas desde lo alto de la Cordillera del Cóndor, el hambre, cansancio y el frio por las noches están tan grabados en la mente de Joao como si dichos sucesos hubieran sucedido ayer. “El hambre era otro de los factores que debilitaba a la tropa. Existían semanas enteras en que no probábamos alimento alguno. A esto le sumamos que los uniformes y los armamentos que usábamos pertenecían a la década de finales de los setenta y que no habían sido renovados por falta de presupuesto”, dice.
“Una cosa es contarlo y otra muy distinta es vivirlo. Tengo compañeros que hasta hoy todavía andan uniformados y que cada mañana cantan el Himno Nacional – caminan y hablan como militares – ese tipo de secuelas es que nos impiden llevar una vida normal – eso es lo que las autoridades no quieren entender – nosotros también tenemos cierto tipo de incapacidad y merecemos recibir una pensión y atención médica”, recalca. 
“Nos dieron con todo”
Perteneció al batallón de infantería Nº 19 de Chorrillos. Como buen soldado el cabo Héctor Venturi La Torre (44) fue destacado a combatir al narcotráfico a la zona del Huallaga – de donde al estallar el conflicto en eneros del 95 – su pelotón fue llamado a combatir en la Coordillera del Cóndor de un momento a otro – sin haber hecho ningún reconocimiento del lugar.
A las veinticuatro horas de haber llegado a la base PV1, el cabo y su pelotón estaban prestos a ingresar a una zona inhóspita y agreste y totalmente minada – imposible de transitar. En esas circunstancias vio morir a varios compañeros con los que había compartido toda una carrera militar. “Los ataques no cesaban  -los ecuatorianos apostados en las zonas altas de las montañas desarticulaban fácilmente a las columnas peruanas – quienes eran presa fácil de las ametralladoras y morteros enemigas”, recuerda.
Pasaron las semanas y las condiciones de combate se hacían extremos – los heridos en combate se contaban por decenas – sin que reciban un adecuado tratamiento. 
Al término de la guerra fue un momento especial – pensaron que iban a ser reconocidos por su valiente labor  -nada más lejano a la verdad. Después de la ceremonia de reconocimientos a los combatientes se habló de una serie de promesas, entre los que se destacaba: la creación de una micro y pequeña empresa para excombatientes, una pensión vitalicia para todos en general, atención médica para ellos y sus familias, entre otras cosas.
“De los que nos prometieron casi nada se ha cumplido – por no decir nada. Las pensiones solo fueron asignadas a los familiares de los fallecidos y a los que quedaron discapacitados y nosotros, bien gracias, dice. 
“En la actualidad sufro de insomnios – tengo que consumir ansiolíticos para dormir, las medicinas son caras y lo tengo que afrontar con lo poco que puedo ganar trabajando de forma eventual, eso no es vida. Ningún gobierno nos quiere ayudar – a pesar de que existe un presupuesto destinado para nosotros – solo falta la voluntad política de las autoridades”, sostiene.
El Estado peruano tiene una deuda con todos ellos. Ollanta Humala como exmilitar podrá comprender la situación de estos excombatientes. Solo el tiempo lo dirá.